Todo suma: lo que vendí y lo que no vendí.
- Ana Karla Garza

- hace 3 días
- 2 Min. de lectura
A veces se aprende más del rechazo que de la aceptación. Y en ese proceso, sin darte cuenta, también aprendes de ti.
Leí un post de un buen amigo donde reconocía la influencia que tuvieron sus familiares en quien es hoy. Me di cuenta de que nunca había escrito sobre ese tema… y la inspiración comenzó a fluir.
Cuando era niña, solía acompañar a mi mamá a comprar ropa, joyería de oro y perfumes. Disfrutaba etiquetar cada cosa con el precio que ella me indicaba. Después salíamos con sus clientas a mostrar los productos y vender. Por último, venían las visitas recurrentes para cobrar.
Ese fue mi primer encuentro con el comercio. Más adelante tuve un pequeño emprendimiento y vendí joyas de fantasía. No recuerdo muy bien por qué lo dejé; supongo que me entretenía, pero no funcionó como negocio.
Ya en mi vida laboral, en mi primer empleo, pensaba que no me gustaban las ventas y que no era buena para eso. De hecho, recuerdo el día en que le agarré el “gusto”: cuando llegaron mis primeras comisiones.
Con el tiempo entendí que las ventas están en la cotidianidad, en cada interacción. El ser humano, por naturaleza, busca caer bien y ser aceptado. Dejas de ver la venta como una simple transacción y comienzas a entenderla como algo más profundo: una relación basada en respeto y confianza, en acuerdos sobre plazos y montos. Sea cual sea el “deal”, merece ser valorado.
El primer (y único) libro que leí sobre ventas fue “O vendes o vendes”. Es útil para sentar bases y, en cierta forma, describe lo que intento expresar aquí. Sin embargo, he preferido los libros de autoconocimiento. Esos que te ayudan a construir confianza, dirección y enfoque. Cuando logras eso, cuando realmente te la crees, las cosas fluyen: los negocios se cierran, la vida mejora, la estabilidad llega.
También están los libros de negocios y las biografías: algunas inspiran en lo que quieres lograr y otras, curiosamente, te muestran en quién no te quieres convertir.
Sé que a veces la vida se pone complicada y no sabes ni para dónde ir. Cuando eso pase, no te frustres. Mientras tengas claro dónde NO quieres estar, a veces eso es suficiente.
Y hablando de dónde estar, hoy escribo desde Austin, Texas. Construyendo un hogar, con esposo, con bebé y con muchos planes e ideas para crecer y desarrollarme este año —que, por cierto, ya casi llega a su mitad.
Desvelada, cansada, ilusionada. A veces desmotivada y frustrada; algunos días feliz, otros no tanto... Las hormonas siguen haciendo de las suyas. Así es la vida: empiezas a disfrutarla cuando entiendes que nada es para siempre.
Hoy recuerdo que todo suma: lo que vendí y lo que no. A veces se aprende más del rechazo que de la aceptación. El primero te da resiliencia; el segundo, seguridad.
Y es justo ahí, entre uno y otro, donde realmente creces… y te transformas.






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